Mi pasión por la comunicación estuvo ligada por muchos años a una limitación: la tartamudez. No recuerdo a qué edad empecé a tartamudear; mis padres me contaron que fue alrededor de los cuatro años, quizás a raíz de su separación.
No tengo memoria del inicio de una condición que durante años me causó miedo, frustración y vergüenza, más aún al sentir que limitaba mis capacidades innatas de expresión y comunicación, una habilidad que considero fundamental en el desarrollo de todo individuo y para la cual reconozco que Dios me dio un don especial. Me atrevo a decir que el éxito en nuestros tiempos depende en gran medida de nuestra capacidad para comunicarnos y relacionarnos con los demás.
Una de mis grandes batallas
Esa ha sido una de las grandes batallas que me ha tocado librar, hasta el punto de adoptar actitudes que no formaban parte de mi esencia. A medida que crecía, me volví más consciente de esa condición y empecé a evitar, en lo posible, todo lo que tuviera que ver con hablar con otras personas.
Mi familia me reprochaba que no quisiera hablar por teléfono. Recuerdo que me daba pánico y vergüenza: sentía que las personas me juzgaban y se desesperaban al escuchar esas interrupciones al otro lado de la línea, hasta que, consciente o inconscientemente, evité las llamadas. Imagino que evitar era el camino más rápido y menos doloroso.
Las personas más cercanas, por desconocimiento, se burlaban, me apuraban, me corregían o me completaban las frases. Me recomendaban que me relajara, y eso me generaba el sentimiento de «yo soy el culpable». Deseaba cambiar desesperadamente, pero no sabía cómo. Probé en secreto ponerme un lápiz debajo de la lengua y pronunciar palabras una tras otra, hablaba frente al espejo, respiraba pausadamente y hablaba lento, pero ninguna de esas técnicas me funcionaba.
La frustración aumentó en la adultez, cuando hay que enfrentar la vida profesional y la tartamudez puede interpretarse como inseguridad, emocionalidad extrema o debilidad para comunicar. Curiosamente, mis primeros trabajos estuvieron relacionados con las ventas y las relaciones personales, porque en el fondo sabía que era muy bueno para eso. Pero el miedo a visitar clientes constantemente terminaba agotándome emocionalmente, y eso se tradujo en inconstancia para completar tareas o metas, no por falta de norte.
Las bendiciones de una limitación
A pesar de todo, hoy siento que vivir con tartamudez tiene muchos retos, pero también sus bendiciones: uno aprende a valorar de manera especial la habilidad de comunicar, una habilidad que muchos dan por sentada, pero que tiene un enorme poder e impacto sobre los demás. Un líder no puede influir en otros si no la desarrolla. Así de simple.
Durante muchos años quise emprender y crear una marca personal de educación financiera. Quería ayudar a muchas personas dándoles herramientas para generar prosperidad y abundancia en sus vidas, pero me daba pánico solo pensar en una gira de medios o en estar frente a un grupo dando una charla. Se dice que hablar en público es uno de los miedos más grandes de las personas; ahora imagina el temor que siente alguien que tartamudea. Muchas veces lo soñé y quise dar los primeros pasos, pero el miedo me paralizaba.
La gran decisión
Un día tomé la gran decisión de enfrentar ese miedo y entender que la gente no iba a valorar al mensajero, sino el mensaje. Decidí trascender a pesar de mis limitaciones, decidí aceptarme y avanzar, y luché por hacer de mi pasión una forma de vida.
El mensaje no es financiero ni de dinero: es sobre la importancia de vivir tu pasión a pesar de tus limitaciones.
Cuando miro hacia atrás, solo me arrepiento de no haberlo intentado antes, pero todo tiene su momento. En aquel entonces, a dos años de haber tomado esa decisión, agradecía a Dios haber llevado información y educación financiera a más de tres mil personas en nuestras actividades de aprendizaje, contar con más de veintitrés mil seguidores en redes y haber sido invitado a los programas de radio y televisión más relevantes de Venezuela.
Estas líneas no buscan enaltecer logros, sino inspirarte a entender que todos tenemos limitaciones de algún tipo.
En resumen
La tartamudez, que durante años viví como una condena, terminó siendo mi mayor bendición, porque me enseñó a valorar la comunicación y a no dejar que el miedo decida por mí. Ten la certeza de que, cuando te aceptas tal como eres, es cuando puedes cambiar.
Columna publicada originalmente en Caraota Digital (feb 2018), revisada y actualizada para este blog.
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Estratega de inversión con más de 15 años de experiencia, conferencista internacional, autor de La Arquitectura del Dinero y creador del Método RCR: Rentabilidad, Consistencia y Riesgo.
Este contenido es educativo y no constituye asesoría financiera personalizada ni promesa de rentabilidad. Invertir implica riesgos, incluida la posible pérdida del capital.
